| Nota extraída
de http://www.conicet.gov.ar/NOTICIAS/ACTUALIDAD/2006/noviembre/029.php
23-11-06 | Argenpress | Opinión
Creciendo en un frasco de irrealidad
virtual
- ¡Mirá, mamá, como el que vemos
por televisión!
- Si, querida, es el Obelisco.
- ¡Ah! ¿Era de veras?
¿Otro mundo? No, en realidad,
no. Es simplemente otra concepción del mundo.
Un mundo en el que no existe lo feo, en el que las imágenes
que se ven en los noticieros pertenecen a “otro
lugar” como en la “Darwinia” de Robert
Wilson*. Porque ese sitio de “afuera” es
un lugar desequilibrado, que uno no conoce ni tiene
el menor apuro por conocer, pues vive en un microsistema
donde existe el cine “para gente como uno”,
los bares y confiterías “a los que se puede
ir”, y donde los amigos son “personas con
las que se puede hablar”.
Un mundo políticamente incorrecto,
que enmascara esa incorrección bajo un supuesto
retorno a la vida sana y natural, pese a que el tiempo
está demostrando que ni es tan sana, ni tan natural.
De hecho, una vida que está transformando a un
importante sector de jóvenes argentinos en “adolescentes
virtuales”, que no se animan a trasponer las paredes
artificiales de ese enorme y hermético frasco
de vidrio, pasto y “ladrillo a la vista”,
que sus padres construyeron para ellos: el country.
Un verdadero “barrio cerrado”
a la vida normal. Porque muchos de sus jóvenes
habitantes están mostrando dificultades serias
para adecuarse a lo que la realidad exige de ellos cuando
salen de su encierro: competitividad, independencia,
autonomía de criterios, todos esos índices
que demuestran que un adolescente se convierte en adulto,
son algunas de las carencias que sufren los muchachos
y chicas que han pasado su infancia en esos reductos
con guardias en las puertas, creados hace algunos años
por sus padres, con la excusa de un lugar tranquilo
y relajado al cual volver luego de una agotadora jornada
de trabajo, pero que en realidad escondían -verdad
proclamada a gritos- la necesidad de desvincularse de
ese otro país, feo, pobre y violento que los
aterrorizaba.
La asepsia no garantiza inmunidad
La socióloga que realizó
un estudio sobre esta primera generación de “chicos
country”, Cecilia Arizaga*, afirma que para los
padres que decidieron autoexcluirse del entorno real,
el country representaba -y representa- la seguridad
y la certeza “en un mundo de incertidumbres”.
Pero para los jóvenes que se
convierten en adultos no parece ser así: “en
el joven universitario próximo a recibirse, vivir
en el country no parece ser garantía de éxito,
si por esto se entiende acceso a la modernidad y posibilidades
de ascenso social. Si en los adultos la figura de ‘burbuja’
se mezcla entre asociaciones positivas y negativas,
en los adolescentes y jóvenes resulta un factor
decididamente conflictivo”.
Aparentemente los problemas recién
comienzan a notarse ahora, porque las primeras generaciones
de chicos “virtualizados” han crecido. Los
conflictos no se visualizan en los niños menores,
porque aún no tienen la necesidad de interactuar
con el mundo exterior. Normalmente, van a un colegio
privado, en el que todos sus compañeritos viven
en barrios cerrados similares, y lógicamente
dependen de sus padres para toda actividad externa,
como visitar parientes o ir de “shopping”.
El ejemplo más concreto parece ser Pilar, a 50
kilómetros de la Capital Federal, donde se ha
creado a lo largo de los años un “mini
mundo” autoabastecido, que permite a las familias
residentes en los countries desarrollar toda una gama
de actividades deportivas, culturales y sociales sin
necesidad de relacionarse con el “exterior”.
“Este lugar que, por otro lado,
tiene una estética muy infantilizada, muy escenográfica,
que va cambiando de acuerdo con la película del
sello Disney del momento, es una visión muy de
ensoñación. Para los chicos de nivel primario
tiene un “gancho” muy importante. Hablan
mucho sobre este lugar”. Con los mayores, la situación
cambia. Para un adolescente, la imposibilidad de acceder
a un simple kiosco para adquirir un refresco o una golosina
“si no lo lleva papá en el auto”,
es sin duda una limitación de autonomía
grave. Ni que hablar de llegar a la Universidad y manejarse
solo en una ciudad como Buenos Aires, sin haber conocido
previamente ni siquiera la vida normal de una ciudad
pequeña o por lo menos de un pueblo del interior.
“Uno de los adolescentes dice que la noche anterior
no había podido estudiar para un examen porque
no pudo sacar unas fotocopias porque su mamá
había llegado tarde a la casa y no podía
ir solo”.
La gran idea
Los countries aparecieron en la vida
nacional en nuestra infausta década del ’90,
como un nuevo producto de la globalización, que
relegó la moralidad y la solidaridad social a
un rincón del desván de la inconsciencia.
“Vendidos” a la opinión
pública como una ideal forma de retorno a la
vida sana y simple “del campo”, en verdad
constituyeron el refugio de sector de la sociedad que,
aterrado por la violencia imperante en la Capital Federal
y el conurbano bonaerense, decidió aislarse y,
simplemente, dejarla “afuera”.
Así se crearon en las distintas
localidades del Gran Buenos Aires verdaderos vergeles.
Recordemos que la palabra “country”, en
inglés, significa “país”.
Fueron verdaderos países aparte, separados por
paredones altísimos, con garitas repletas de
guardias, rodeados por basurales y villas miseria.
De ellos, los automóviles 0
Km., indiferentes al paupérrimo panorama cercano,
salen con sus dueños todas las mañanas
a cumplir con la rutina de competir salvajemente y sin
piedad afuera, para mantener adentro la bucólica
ilusión de paz y armonía espiritual.
Pero aún así, crítica
ideológica mediante, se podría afirmar
que, después de todo, priorizar la familia es
correcto, y que cada uno hace lo que puede. Pero ¿es
real esa paz y armonía? Tal vez si, en los primeros
countries. Esos que se construyeron de verdad para la
gente de dinero, cuya “conciencia social”
nunca tuvo relación con sus cuentas bancarias.
Pero luego de la primer “hornada”, el marketing
globalizador amplió el negocio a los no tan pudientes,
y las casas de dos plantas comenzaron insensiblemente
a arrimarse unas a otras, a medida que el tamaño
de los lotes se reducía. Separadas hoy por escasos
diez metros, cercadito mediante, los afortunados ocupantes
de esos remansos de paz comparten el aroma de su asado
con las pastas “a la bolognesa” de su vecino,
y las felices amas de casa se saludan quince veces por
día por sobre la ligustrina, “que no puede
medir más de un metro de alto, porque el reglamento
no lo permite”, mientras los hombres proveedores
de tamaño bienestar analizan sesudamente cómo
“hacer entrar” en ese cuadrado de jardín
la piscina proyectada sin que “afecte la coherencia
edilicia” del condominio.
Lo hacemos por vos
Nadie puede dudar de ello. Es absolutamente
cierto que todos los padres que en su momento decidieron
trasladarse al country pensaron en el bienestar futuro
de sus hijos.
“Los hijos aparecen en el discurso
de sus padres como los principales motores y herederos
de la decisión tomada -dice Arizaga- Sin embargo,
en los hijos se ven muchas tensiones en relación
con ese discurso. Es muy interesante. No porque los
chicos no acepten un montón de ventajas que ven
en vivir en una organización cerrada, sino porque
ven más claramente las tensiones a medida que
ven que se acercan a cierto techo de cristal”.
Lo que aparentemente esos padres no
lograron comprender entonces es que, así como
ellos se auto-excluían voluntariamente de una
realidad que les resultaba -por buenos motivos, hay
que reconocerlo-, difícil de sobrellevar, sus
hijos estaban siendo forzadamente amputados de esa realidad
con la que, más pronto o más tarde, deberían
convivir obligatoriamente, sin contar con la preparación
(conocimiento) previa que sus progenitores poseían.
De acuerdo a la socióloga Arizaga,
los mismos chicos mencionan como una falencia “la
falta de competencia para moverse en círculos
sociales más amplios. Ellos lo notan. Es el grupo
que personalmente más habla de que se siente
afectado con el tema del encapsulamiento”.
El “ghetto” desde adentro
Lo que inicialmente fue una no tan
tácita discriminación hacia “los
de afuera” de los countries, que no podían,
por razones económicas, acceder al refugio seguro
que tan codiciable parecía, se ha revertido con
el transcurso de los años. Hoy, son los “chicos
country” los que se sienten discriminados. Ocurre
que en ese “afuera” el tiempo (que no transcurre,
diría Borges), permitió la ocurrencia
de cambios profundos en la sociedad. Uno de esos cambios
fue la pérdida por parte de los menos privilegiados
del “sentimiento de culpa por ser pobre”.
Una vergüenza absurda, insuflada también
durante los ’90, que implicaba que no lograr el
“triunfo económico” significaba estupidez,
incapacidad o indolencia. Los años pasaron, y
la realidad demostró que esa fue solamente una
más de las múltiples mentiras de la globalización:
no se era pobre por ser estúpido o vago, sino
porque el sistema requería excluidos para poder
funcionar correctamente.
Cuando esa verdad desplazó la
“culpa”, los hasta ese entonces “marginales”,
luego “desocupados”, redescubrieron el orgullo
y por consiguiente el rencor. Un rencor que hoy siente
en carne propia la joven generación:
“Me llamó la atención
-dice Arizaga- que los adolescentes se sienten discriminados
respecto de “los otros”. Los otros son la
clase media del pueblo de Pilar, que no es móvil
ascendente, que la ven hasta quedada y dicen que no
asume los progresos que se han dado en la zona. Dicen
que ante los adolescentes de ahí prefieren no
decir que son de urbanizaciones privadas porque está
el prejuicio de que como son del country se creen más,
son “más chetos”. Esta situación
marca la percepción de nuevas desigualdades,
esta idea que apareció con mucha fuerza en los
’90 de un quiebre dentro de los sectores medios,
que tiene que ver con el acceso a ciertos bienes asociados
a nuevas maneras del buen vivir”.
Y por supuesto que los chicos no se
creen más. Ellos también, aunque a través
de la televisión, se adecuan a los nuevos tiempos
ideológicos. Por eso viven la discriminación
como injusta. Lo que pasa es que son más. Son
más ricos, son más lindos, se visten mejor,
hablan diferente.
“No hablaría de un ghetto
-suaviza Arizaga-, sí es un sistema de socialización
de círculos muchísimo más estrechos
de los que pueden darse en la ciudad. Obviamente eso
repercute cuando después tienen que moverse en
ambientes más diversificados. Más que
la figura del ghetto usaría una figura que se
usa mucho desde la geografía y describe un sistema
de islas o de archipiélagos conectados entre
sí y con los lugares de servicios y de esparcimiento,
y con la ciudad”.
En realidad, Cecilia Arizaga tiene
razón al resistirse a la palabra “ghetto”.
Según el diccionario de la Real Academia Española,
“gueto” (del italiano ghetto) es el “barrio
o suburbio en que viven personas marginadas por el resto
de la sociedad”. Por lo tanto, lo que en realidad
se produciría en este caso es una inversión
de la definición.
Lo cierto es que, cuando una sociedad
impone el “ghetto” a un sector, lo hace
porque lo considera diferente, distinto, inaceptable,
y esto responde siempre a un injusto prejuicio racial,
religioso o cultural. Cuando un sector de la comunidad
se auto-impone el “ghetto” no hay prejuicio.
Ese sector elige ser distinto, en cierta medida se enorgullece
de serlo e, inevitablemente, sufrirá las consecuencias
de su elección.
¿De qué voy a trabajar?
Una pregunta que los “chicos-country”
se plantean tarde. Mientras la mayor parte de los adolescentes
que habitan en viviendas comunes comienzan a interrogarse
sobre el tema alrededor de los 17 ó 18 años,
concientes de que la respuesta no augura un camino fácil,
los “privilegiados” del country -según
el estudio- se preocupan por ello en los finales de
la etapa universitaria. Curiosamente, su principal queja
no es la falta de oportunidades laborales: “Piensan
-comenta Arizaga- que si vivieran en la ciudad les resultaría
más fácil presentar su CV para conseguir
trabajo. Por la distancia y porque no están en
contacto con los lugares donde podrían conseguir
empleo, no lo hacen hasta que terminan la carrera universitaria”.
Los cuestionamientos llegan, entonces,
cuando aparece como inevitable la necesidad de confrontar
ese mundo ideal en el que han vivido con el mundo real
que los espera. Profesionales, preparados sin duda intelectualmente
para integrarse al ámbito laboral, sufren evidentemente
un duro choque emocional al descubrir que ese “otro”
mundo no los está esperando con los brazos abiertos:
“en los chicos hay un mayor cuestionamiento a
medida que van creciendo. Este cuestionamiento no significa
que se quieran ir de la urbanización cerrada
o que ninguno de ellos cuando tengan su familia elija
vivir allí. Pero hay mayores tensiones con respecto
al discurso idealizado. Se apartan más del discurso
que los medios y las publicidades de las urbanizaciones
cerradas traen sobre la vida natural y al aire libre.
Lo que aparece es una mirada más cuestionadora.
Probablemente porque sienten en carne propia, a medida
que van creciendo, esta necesidad de abrirse al mundo
que está en cualquier adolescente, pero en un
contexto como éste se vuelve más fuerte
y cobra otras dimensiones”.
Sin autonomía ¿hay crecimiento?
“A los del country les falta
fundamentalmente autonomía de movimiento y percepción
de autonomía. A pesar de que cuentan cómo
circulan, se sienten sedentarios y en el único
momento en que se sienten móviles es cuando vienen
los fines de semana a la ciudad: dicen que caminan,
reconstruyen la figura del peatón que está
totalmente anulada donde viven”.
Sin duda es prematuro atreverse a afirmar,
tan sólo en base a este estudio realizado por
la socióloga Cecilia Arizaga, que los barrios
cerrados son totalmente negativos para la correcta formación
de los adolescentes argentinos. De hecho, recordemos
que el “fenómeno country”, lejos
de ser un invento nacional, se popularizó en
muchos países del mundo en la década del
’90.
“Este proceso de suburbanizaciones
de sectores medios urbanos con distintos tipos de modalidades
de encerramiento no es privativo de la Argentina ni
de Buenos Aires: es un fenómeno a escala mundial,
de las grandes ciudades. Viéndolo en este contexto,
se puede pensar como una tendencia que tal vez no tenga
el crecimiento que tuvo en los ’90, pero que seguirá
su curso. Pero también hay que tener en cuenta
las particularidades de la sociedad porteña,
para la que la ciudad cumple todavía un rol estratégico.
Las clases medias han tenido un vínculo muy identitario
con el centro. El despegue de la Capital es problemático
por una cuestión práctica, porque los
empleos siguen estando en Buenos Aires, a pesar de que
a mediados de los ’90 parecía que se iban
a trasladar todas las oficinas a los suburbios. Y también
es problemático por las condiciones de circulación:
si bien hay autopistas y se ha modernizado más
esa red reticular de circulación, todavía
los trayectos entre la ciudad de Buenos Aires y los
suburbios son extensos. Los inversionistas comentan
que las ventas en las urbanizaciones cerradas con acceso
más cercano a una autopista se están recuperando,
pero aquellos lugares con un acceso más alejado
a las autopistas tienen más dificultades, por
un lado, por el aumento de la percepción de inseguridad
y, por otro, la distancia se vuelve aún más
complicada”.
Lo real es que hoy, en los albores
de este nuevo siglo, comienzan a observarse los primeros
resultados y, a primera vista, no parecen prometedores.
Resulta egoísta, pero sin duda
afortunado, que la moda del “barrio cerrado”
no haya cundido, todavía, en los pueblos y ciudades
pequeñas del interior. Y paradójico que,
sin evaluar las consecuencias, algunos de los habitantes
de estos pueblos y ciudades pequeñas dediquen
buena parte de su tiempo a suspirar por lo que consideran
“progreso”, “desarrollo” y “buen
vivir” en las grandes megalópolis, sin
comprender que las diferencias que -a Dios gracias-
se mantienen aún, son precisamente las que les
han permitido crecer y vivir felices.
* Darwinia (1974 - Robert Wilson).
Su novela más famosa y su primera obra publicada
en castellano. En 1912, Europa desaparece a los ojos
del mundo y en su lugar, compartiendo el mismo espacio
geográfico y geológico, hay un nuevo continente
cuya flora y fauna son tan alienígenas y exóticas
como el Marte de Edgard Rice Burroughs. La primera parte
del libro es, hasta cierto punto, una novela de descubrimiento:
descubrimiento y exploración de esta nueva tierra
surgida de repente y descubrimiento de que las cosas
no son lo que parecen, que quizá el mundo entero
no sea para nada lo que uno cree.
* Cecilia Arizaga es becaria del CONICET, docente e
investigadora de la Universidad de Buenos Aires. Su
estudio sobre los adolescentes del country fue su tesis
de maestría en Ciencias sociales. |