| Nota extraída
de http://www.conicet.gov.ar/NOTICIAS/portal/noticia.php?n=2860&t=4
01-08-2008 | Pagina12
El otro campo
Entrevista a Noemí Girbal, especialista
en Historia Agraria
La especialista en Historia Agraria
Noemí Girbal analiza los términos en los
que se dirimió el conflicto del agro y aporta
algunas claves para identificar a una amplia variedad
de actores que permanecen ocultos tras la palabra campo.
El campo, definitivamnete, no es para todos el mismo
campo.
“A los que más rentabilidad
tienen no les interesa ser los dueños de la tierra”,
dispara la especialista en Historia Agraria Noemí
Girbal, segura de que muchos de quienes se manifestaron
en las rutas en contra de la Resolución 125 propuesta
por el Poder Ejecutivo no son los poderosos del momento
en la patria sojera que se extiende sin cesar por los
suelos argentinos.
Hay un sector en las sombras al que
no le interesó verse inmiscuido en esta disputa.
“El poder no lo tiene Miguens (presidente de la
Sociedad Rural Argentina), lo tiene Gustavo Grobocopatel”,
afirma contundente Girbal a poco de asumir una de las
dos vicepresidencias del Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Tecnológicas (Conicet),
desde donde secunda a la astrónoma Marta Rovira,
la primera mujer en asumir la presidencia del organismo
desde su creación, hace cincuenta años.
“Las ciencias sociales tienen
que ser una de las áreas prioritarias del Gobierno
nacional a la hora de pensar las políticas públicas
–señala la responsable del Centro de Estudios
Histórico-Rurales de la Universidad Nacional
de La Plata–. Me parece que el Conicet ofrece
un plantel de asesores de primera línea.”
Desde el Senado de la Nación,
cuenta, mandaron a pedir bibliografía un par
de semanas antes de la votación que derogó
la Resolución 125, presentada por el Poder Ejecutivo
para subir las retenciones a los sectores del agro que
más ganancias obtienen con la producción
de soja. “Desde el Conicet mandamos dos bolsas
llenas de libros como para nutrir la discusión
y el debate. ¿Cuánto se usó? No
lo sé”, duda.
“Con la Resolución 125
se habían logrado algunos avances para los pequeños
y medianos productores, pero con la caída de
esta medida esos posibles avances también caen”,
señala una de las coordinadoras –junto
a su colega brasileña Sonia Regina Mendoça–
del recientemente editado Cuestiones agrarias en Brasil
y Argentina, libro declarado de Interés por la
Secretaría Técnica Permanente del Parlamento
Cultural del Mercosur.
¿Cómo se modela la Argentina
agroexportadora?
–Este es un país agrario, que difícilmente
se reconozca como tal, que se construyó de espaldas
a su pasado aborigen, mirando desde el puerto de Buenos
Aires hacia Europa, pensando que somos absolutamente
distintos al resto de América latina y que podemos
ser para América del Sur lo que Estados Unidos
es para América del Norte y Central. Eso lo dijo
la dirigencia argentina y lo llevó adelante durante
mucho tiempo con una diplomacia que dejó mucho
que desear. Esto es innegable y nos pesa a lo largo
de toda nuestra trayectoria. En la división del
trabajo, la Argentina pasó a ser un país
productor de materias primas agropecuarias, y a partir
de ahí se preocupó poco de ver qué
alternativas había. La Argentina careció
de una burguesía industrial, de riesgo. Hoy no
sé si las oportunidades están dadas para
que las pymes puedan lograr una expansión, pero
cuando la tuvieron, durante el gobierno del peronismo
histórico, en realidad usaron los créditos
para pagar los beneficios sociales que el gobierno dio
a los sectores trabajadores, para pagar deudas con la
DGI, para pagar deudas con el sistema previsional, para
comprar materias primas, pero no para realizar las inversiones
fijas que se supone debe hacer un industrial para ponerse
a la vanguardia, sólo lo hicieron durante un
par de años.
¿De qué hablamos cuando
hablamos de “el campo” hoy en la Argentina?
–Sin duda de algo muy distinto de lo que hablábamos
a principios del siglo veinte. El primer llamado de
atención en este cambio se da en la década
del ‘70, porque aparece la figura del contratista,
que nos muestra que la tierra está en poder de
unos y la tecnología está en poder de
otros. No siempre la tierra está en las manos
de aquellos que tienen el capital, la tecnología
y el conocimiento, a lo que aluden los principales empresarios
de la soja que, en parte, se han apropiado de ese lenguaje
del conocimiento. Por eso a mí no me resulta
muy claro hoy el término oligarquía, por
lo menos en el sentido que tenía a principios
del siglo veinte, porque tampoco hoy la Sociedad Rural
Argentina tiene el mismo peso que tenía cincuenta
años atrás. Es bastante más matizado
“el campo”. Pero históricamente,
“el campo” siempre reacciona en conjunto,
más allá de que todo lo que hay dentro
de ese concepto sea muy diverso, se muestra como un
sector único, aunque sabemos que no tienen los
mismos objetivos la Sociedad Rural, la Federación
Agraria, Coninagro o Carbap. Nadie se tiene que sorprender
de que “el campo” aparezca unido, pero creo
que si se sentaran todos a dialogar, no pensarían
lo mismo a la hora de definir cuál es el perfil
que el campo argentino tiene que tener, ahí se
podrían ver las diferencias de los distintos
sectores. Eso es lo que habría que poder conducir,
pero no es fácil en un ambiente como el que se
ha generado. Falta todavía un gran ejercicio
de la ciudadanía y mucha política deliberativa,
que la Argentina no tuvo durante años debido
a los quiebres institucionales que ha sufrido.
Si no hay oligarquía, ¿quiénes
conforman los sectores patronales del agro?
–Hoy hay commodities, capitales internacionales
que invierten dentro y fuera de nuestra frontera. Ayer
leí un reportaje a Gustavo Grobocopatel, que
ha participado muy poco de esta disputa de los últimos
meses, en el que decía que ya se ha posicionado
en Brasil. Esto habla de que hay intereses diferentes
de los que se podían encontrar en la Argentina
de mediados del siglo veinte. Hoy, a los que más
rentabilidad tienen no les interesa ser los dueños
de la tierra, porque la rentabilidad pasa por otro lado.
A mediados del siglo veinte se podía decir que
un empresario agrario exitoso era aquel que tenía
una gran extensión. Pero hoy una unidad productiva
es económicamente rentable no siempre porque
es más extensa, sino porque hay una relación
entre lo que rinde y lo que se invierte. Por eso mucho
de este proceso de siembra directa hace que los dueños
de la tierra en verdad ofrezcan su tierra para que otro
siembre, en este caso soja, pero el que obtiene el producto
fundamental es precisamente el que comercializa la soja.
¿Cómo se puede entender
desde una perspectiva histórica el conflicto
surgido a partir de la Resolución 125 por la
cual el Gobierno pretendía subir las retenciones
a los productores que más ganancias obtienen
con la producción de soja?
–Desde el punto de vista histórico, las
retenciones no son nuevas. Aunque no se llamaran retenciones
vienen desde los tiempos de Mitre, pero aparecen como
retenciones a mediados de los años ‘50.
Lo que ocurre es que este sistema de retenciones que
está pensado para que de alguna manera las fluctuaciones
en relación con el dólar las maneje el
Gobierno y no un determinado sector, en este caso el
campo, para los sectores agrarios históricamente
siempre fue visto como una apropiación de la
renta que no siempre se tradujo en un redistribución
del ingreso. Según estos sectores (de la patronal
agraria), y a la luz de algunas denuncias históricas,
fueron siempre para paliar déficit gubernamentales.
La Argentina hace rato que carece de políticas
públicas de mediano y largo plazo, por lo tanto
me parece que esta forma de confrontar no es la primera
vez que ocurre, quizás lo que habría que
preguntarse es por qué llegamos a esta situación
crítica en un período en que la situación
externa nos ayuda. Es casi como si la cultura de la
crisis se nos hubiera hecho carne, pareciera que no
podemos vivir sin una crisis.
Algunas representaciones sobre el campo,
como por ejemplo el trabajo rural, que en otra época
estuvieron más presentes en el debate, prácticamente
no aparecieron en el escenario de la disputa de los
últimos meses. Cuando Eva Perón presentó
el Plan Agrario, por ejemplo, se hacía fuerte
hincapié en el trabajo como motor de la reactivación
del campo.
–Claro, pero lo que ocurre es que hoy hay una
alta tecnología en el campo y se necesita muy
poca mano de obra.
Esto es lo que denuncia el Movimiento
Nacional Campesino, que se tiende a un campo sin personas
que lo trabajen.
–Sin trabajadores agrarios. Además, en
nuestro imaginario y en nuestras propuestas el trabajo
ya no ocupa el lugar que ocupaba antes, porque ya no
es un mecanismo para el ascenso social. Entonces, no
me extraña que no se hable del trabajo rural,
porque en verdad pareciera que hoy eso importa poco.
¿Cómo es este campo sin
trabajadores?
–Produce casi sólo soja. En el nordeste
la gente ya no produce algodón porque no hay
quién lo compre. Por eso aquel que tiene la pequeña
y mediana propiedad la destina para que alguien plante
soja, y se preocupa poco de cómo queda su tierra.
Pero no es que puede decidir, me parece que es porque
no tiene opción, porque si siembra trigo, lino
o cebada para que no se deteriore el suelo, ¿quién
se lo compra? No es casual que los que más ganan
con esta agricultura sin gente no participaron demasiado
en estas protestas (patronales). Cruzaron la frontera
y están invirtiendo en otro lado.
¿Los sectores que más
usufructo tienen en este momento fueron los que menos
se manifestaron en las rutas?
–Ellos no aparecen porque no les interesa. Y no
es sólo Grobocopatel, está la Aapresid
(Asociación Argentina de Productores en Siembra
Directa), que es una entidad que los agrupa. A mí
lo que más me hace ruido en esta cuestión
es que los que más ganan, no importan cuánto
les apliquen, cambian de frontera y ya está,
ahí se terminó su problema. Una unidad
económicamente rentable no depende de la extensión,
depende de cómo se la haga rendir, por eso generalmente
la tecnología y el capital importan y eso está
en manos de los que no tienen la tierra. Pero a mí
me ofende que Gustavo Grobocopatel se llame a sí
mismo “un Sin Tierra” y se ufane de eso,
porque el problema de los Sin Tierra en Brasil es absolutamente
grave y tiene históricamente una connotación
muy fuerte en América del Sur.
Los sectores patronales del agro que
se manifestaron parece que pudieron construir una cierta
hegemonía, en el sentido de que lograron que
una importante proporción de la población
que no pertenece a ese grupo se identifique con sus
valores.
–Hay una encuesta de hace unos años donde
se confrontaban de acuerdo con los índices de
medición quiénes serían clase media
y a su vez quiénes se veían como clase
media, y la pirámide era exactamente invertida.
Aplicando los indicadores mostraba que la clase media
había bajado, pero si se tomaban las representaciones
que las personas tenían de sí mismas,
se seguían viendo de clase media. Nos vemos como
si estuviéramos detenidos en el tiempo. Cuando
hace tres años atrás el gobierno nacional
decidió, después de 125 años de
Exposición Rural, no concurrir a la inauguración,
y no sólo el presidente sino ningún miembro
del gobierno, Miguens llevaba preparados dos discursos,
uno por si se asistían representantes del gobierno
y otro por si no se presentaban. Sacó el segundo
discurso, que empieza con un extracto de las palabras
con las que Nicolás Avellaneda inauguró
la primera exposición Rural en Palermo. Eso da
la pauta clara de que dicen: “Bueno, nosotros
todavía seguimos siendo este sector”. Me
parece que en ese aspecto es como un flanco más
débil, que nos deja inermes frente al otro que
se abroquela, que tiene todo un pasado que le permite
abroquelarse y hace gala de ese pasado. No basta con
que salga a combatirlos diciendo que son la oligarquía,
les tengo que mostrar que hay algo más hoy, y
que esto que antes valía hoy ya no tiene el mismo
valor, que se devaluó en términos de sector.
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