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Extraída de http://www.conicet.gov.ar
11-01-06 | Página 12 | Ciencia
DIALOGO CON LA BIOLOGA LIDIA SZCZUPAK - Por Federico
Kukso

Especie de universo en miniatura, el
cerebro acapara cada vez más miradas. Su complejidad
e interconectividad neuronal sorprenden tanto como la
manera en que fluye la información sensorial,
hecho estudiado incluso con sanguijuelas.
Cien mil millones de neuronas –aproximadamente
la cantidad de estrellas que componen la Vía
Láctea–, cien trillones de interconexiones
en paralelo y estímulos nerviosos que viajan
a más de 400 kilómetros por hora superando
a cualquier auto de Fórmula Uno hacen del cerebro,
aquel órgano gelatinoso que en un hombre pesa
algo así como 1380 gramos y 1250 en la mujer,
justo merecedor del poco humilde halago de “objeto
más complejo del universo”. Claro que esto
no fue siempre así: los antiguos griegos preferían
entronizar al corazón como receptáculo
de la mente y los ingleses de la época de Shakespeare
(siglo XVI) apuntaban al hígado a la hora de
hablar del centro rector emocional humano.
Lo cierto es que ahora, superada la
niebla de la confusión, el cerebro goza a las
anchas de todas las miradas científicas. Tuvo
su década (la del noventa, en la que se aprendió
de él más que en los años anteriores)
y se adentra a tener su siglo: se lo inspecciona milimétricamente
con tomografías computadas, se lo mapea con cascos
sensoriales y se analizan con rigor los circuitos de
transmisión de información nerviosa que
fluyen en él y que bañan todo el cuerpo,
ni más ni menos que poniendo la lupa en bichitos
tan sanguinarios como las sanguijuelas; una interesante
estrategia de abordaje emprendida por la bióloga
Lidia Szczupak y su equipo del Laboratorio de Fisiología
y Biología Molecular de la Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires
(UBA).
–Cuénteme qué
hace en el laboratorio.
–Desde hace 11 años dirijo
un grupo de investigación cuyo objetivo es fundamentalmente
entender cómo fluye la información desde
lo sensorial, desde lo que el animal percibe en el mundo
externo, cómo se codifica esa información
y cómo fluye por diferentes canales en paralelo
hasta dar lugar a una respuesta motora coherente: una
huida o una actitud defensiva.
–Todo esto en sanguijuelas.
–Sí, uno siempre estudia
con la finalidad de influir en los estudios de animales
superiores. Lo que nosotros hacemos más bien
es ciencia básica en su más alto grado.
Es una manera de conocer el repertorio de elementos
y mecanismos con los que se maneja la naturaleza.
–¿Y todo eso se
puede hacer con un gusanito?
–Bueno, yo trabajo con una especie
de gusano llamado sanguijuela, el Hirudo medicinalis.
La idea es que tenés un abordaje para ciertas
preguntas que no lo podrías tener en un animal
superior; los roedores y los mamíferos son mucho
más complejos. En la sanguijuela la distancia
en términos de cuántos pasos hay que dar
entre lo sensorial y lo motor es de órdenes de
magnitud mucho menor. Sin embargo, y acá está
lo interesante, los mecanismos generales, las señales
mismas y las rutas y estrategias de vehiculización
de la información son muy similares.
–Pero entre un gusanito
y el ser humano hay un salto.
–Una de las metáforas
que uso para esto es la que dice que, si fueras extranjero
y quisieras aprender castellano, lo aconsejable no sería
ir directamente a leer la obra de Borges. Sería
mejor agarrar algún libro sencillo de lectura
infantil. La estructura del idioma está ahí;
no cambia. Eso pasa con las sanguijuelas: a partir de
ellas se pueden sacar extrapolaciones concernientes
al sistema nervioso humano.
–¿Y qué
descubrieron?
–Por ejemplo, encontramos un
tipo de neuronas que hace que todas las neuronas motoras,
las que ejecutan movimiento, estén interconectadas
entre sí y funcionen como una especie de “nivel
horizontal de comando”.
–O sea, el cerebro no
sería una especie de dictador de donde salen
todas las órdenes como se desprende de la metáfora
del cerebro como computadora central del cuerpo.
–Tal cual. Lo que se encuentra
cada vez más es que existen tanto organizaciones
verticales de neuronas como niveles horizontales por
donde fluye la información sobre el estado general
de la actividad, sin la necesidad de ir “para
arriba”, al cerebro. Esto sería muy difícil
de rastrearlo en la médula espinal porque en
ella hay millones de neuronas, millones de millones
de conexiones. El otro tema en el que estamos trabajando
es que las redes neuronales no son estáticas.
No es que una vez que se generaron su performance queda
fija. Eso se llama neuromodulación.
–Además de ser
chupasangres, estos bichitos deben tener algo que los
hace tan interesantes.
–La gran atracción es
que tienen redes neuronales formadas por neuronas que,
si bien son bastantes, son mucho menos que en cualquier
organismo superior. Además las podés identificar
de forma totalmente certera por la ubicación
en el sistema nervioso. Por la particularidad electrofisiológica,
o sea, por como “hablan” entre sí,
vos sabés de qué neurona se trata.
–Y les sirven para desentrañar
los interrogantes de la neurobiología.
–Tal cual. La gran incertidumbre
para los neurobiólogos son las interneuronas,
es decir, lo que pasa entre un estímulo y una
respuesta. Cada neurona sensorial, a pesar de que pueda
gatillar siempre una respuesta parecida, llega a esa
respuesta por numerosos y múltiples caminos que
se dan en simultáneo. Ese recorrido es lo que
llamamos “capa interneuronal”. En un mamífero
es todo el cerebro. En las sanguijuelas, en cambio,
puede haber caminos de 20 neuronas.
–¿Y es siempre
el mismo recorrido o cambia?
–En eso es en lo que estamos
trabajando ahora. El tema está en entender cómo
un estímulo natural es procesado en estos 20
diferentes niveles de procesamiento hasta llegar al
sistema motor. Uno de los grandes avances de los últimos
20 años es lo que se llama plasticidad neuronal.
Significa que no siempre una neurona responde igual
ante un mismo estímulo. A veces responde más,
a veces responde menos. Y eso es lo que hace que un
animal recuerde, olvide o fije en su red neuronal un
patrón de conducta.
–Es el aprendizaje visto
desde el punto de vista fisiológico.
–Exacto. También siempre
existió el dogma de que las neuronas no se regeneran,
pero lo que se ha descubierto en los últimos
años es que en los mamíferos existen grupos
de neuronas que tienen la capacidad de diferenciarse
y que pueden ocupar el lugar de neuronas que desaparecen.
–Volviendo a la transmisión
de información, ¿cómo la estudian?
–Viéndola: le ponés
colorantes dentro de las células de las sanguijuelas
que cambian su fluorescencia –pueden pasar de
un amarillo tenue a uno fuerte– en correlación
con la actividad neuronal. También en el día
a día en el laboratorio lo vemos con electrodos
que clavamos dentro de la célula. Es como escuchar
hablar a una persona.
–¿Cómo
es eso?
–Sí, le hacés algo
a una neurona y produce corrientes eléctricas
cambiando el voltaje que podés detectar en una
computadora. Así se observa y escucha cómo
esa neurona responde a lo que vos le hacés. Es
lo más parecido a un lenguaje.
–Una especie de lenguaje
neuronal. ¿Y del cerebro qué tiene para
decir?
–Que es un objeto enigmático.
Es como una sociedad en la cual los individuos interactúan
de manera libre pero también acotada. Tiene pautas
de interacción, pero a la vez tiene la posibilidad
de decidir momento a momento. Ahí está
plasmada la creatividad del cerebro: en tomar una decisión
que salga de un libreto fijo.
–Romper el molde.
–Sí. La creatividad es
la capacidad de generar aquello que no está dictado
por el genoma. Salir del determinismo. Si a un bicho
como la sanguijuela lo azuzás con un palito se
va a defender. El 99,9% de las respuestas van a ser
instintivas.
–¿Y el 0,1% restante?
–Ahí está la creatividad.
Nuestras sanguijuelas tienen el lujo de vivir en tuppers.
Y ahí se las ingenian para encontrar algún
agujerito para salir. Eso lo permite la interconectividad
neuronal que de alguna manera es fundamental, y que
es más importante que la cantidad de neuronas.
–Pero la interconectividad
aún no se entiende del todo.
–Así es. Otros interrogantes
son qué son la inteligencia o la percepción
consciente. Yo sospecho que es una propiedad emergente
de algo que todavía no conocemos. Y eso es fascinante,
como pensar cómo se pasó de una ameba
a la belleza que pueda tener una neurona en su máxima
extensión, cómo se llega a que las neuronas
encuentren su blanco específico e ignoren todo
el resto. Es la gran magia de todo esto.
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